Durante la adolescencia muchos padres sienten que han «perdido» a su hijo. De repente, aquel niño que lo contaba todo responde con monosílabos, pasa más tiempo encerrado en su habitación o parece preferir hablar con sus amigos antes que con la familia.
Es habitual que aparezca una pregunta cargada de preocupación:
«¿He hecho algo mal? ¿Es normal que ya no quiera hablar conmigo?»
La respuesta es que, en muchos casos, sí es completamente normal. Sin embargo, también conviene saber distinguir cuándo ese silencio forma parte del desarrollo y cuándo puede estar reflejando un malestar emocional que merece atención.
La adolescencia: una etapa de grandes cambios
La adolescencia no consiste únicamente en cambios físicos. Es una etapa en la que el cerebro continúa desarrollándose y el joven comienza a construir su propia identidad.
Empieza a preguntarse quién es, qué piensa, qué quiere hacer con su vida y cómo quiere relacionarse con los demás. Para conseguirlo necesita experimentar cierta independencia respecto a sus padres.
Esto explica por qué muchas conversaciones cambian. No siempre dejan de querer a sus padres; simplemente necesitan un espacio psicológico propio.
En ocasiones este proceso puede interpretarse erróneamente como rechazo, cuando en realidad forma parte del crecimiento.

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Hablar menos no significa querer menos
Muchos adolescentes mantienen una relación afectiva sólida con sus padres aunque compartan menos aspectos de su vida diaria.
Es frecuente que:
- prefieran pasar más tiempo con amigos;
- respondan con pocas palabras;
- necesiten momentos de intimidad;
- sean más reservados con sus emociones.
Esto no significa necesariamente que exista un problema en la relación.
De hecho, muchos adolescentes continúan utilizando a sus padres como una referencia importante aunque no lo expresen de forma evidente.
¿Por qué a veces parece imposible mantener una conversación?
Cuando un padre insiste constantemente con preguntas como:
«¿Qué te pasa?»
«¿Por qué no me cuentas nada?»
«¿Qué has hecho hoy?»
el adolescente puede sentir que está siendo interrogado más que escuchado.
Paradójicamente, cuanto mayor es la presión para hablar, mayor suele ser el deseo de guardar silencio.
Los adolescentes necesitan sentir que pueden elegir cuándo compartir aquello que les preocupa.
No se trata de dejar de interesarse, sino de cambiar la manera de acercarse.
Lo que realmente favorece la comunicación
La comunicación no suele construirse durante las conversaciones importantes.
Se construye en los pequeños momentos cotidianos.
- Una comida sin prisas.
- Un trayecto en coche.
- Un paseo.
- Ver una película juntos.
- Compartir una actividad sin necesidad de hablar constantemente.
Cuando el adolescente percibe que no va a ser juzgado ni presionado, es mucho más probable que, tarde o temprano, encuentre el momento para abrirse.
A veces las conversaciones más importantes aparecen precisamente cuando los padres dejan de perseguirlas.
Escuchar antes que resolver
Existe una tendencia muy comprensible entre los padres: querer solucionar inmediatamente aquello que preocupa a sus hijos.
Sin embargo, muchos adolescentes no buscan una solución inmediata.
Buscan sentirse comprendidos.
Frases como:
«Entiendo que eso haya sido difícil para ti.»
«Gracias por contármelo.»
«Si necesitas ayuda para pensar qué hacer, aquí estoy.»
suelen generar mucha más confianza que ofrecer consejos rápidos o minimizar lo que sienten.
Sentirse escuchado fortalece la relación mucho más que encontrar una respuesta perfecta.
¿Cuándo deja de ser algo normal?
Aunque el distanciamiento moderado suele formar parte de esta etapa, conviene prestar atención cuando aparecen cambios importantes que se mantienen en el tiempo.
Algunas señales que aconsejan consultar con un profesional son:
- aislamiento casi completo de la familia y de los amigos;
- tristeza persistente o irritabilidad intensa;
- abandono del rendimiento escolar;
- pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba;
- cambios importantes en el sueño o en la alimentación;
- consumo de alcohol u otras sustancias;
- autolesiones o comentarios relacionados con la desesperanza o la muerte.
En estos casos no conviene esperar a que «ya se le pase». Una evaluación psicológica puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y prevenir que el malestar aumente.
La relación no se mide por la cantidad de palabras
Como psicóloga, una de las ideas que más tranquiliza a muchos padres es esta:
La calidad del vínculo no depende de cuántas conversaciones tengan cada día.
Hay adolescentes que hablan muy poco y, sin embargo, saben perfectamente que sus padres estarán disponibles cuando realmente los necesiten.
Esa sensación de disponibilidad, respeto y aceptación es uno de los factores que más contribuyen a que, con el tiempo, vuelvan a acercarse.
Porque, aunque durante la adolescencia parezca que necesitan alejarse, siguen necesitando saber que hay un adulto que permanece cerca, sin invadir, pero sin desaparecer.
A veces, quienes más pueden ayudar son los padres
Cuando aparecen dificultades en la relación con un hijo adolescente, muchas familias piensan que quien necesita acudir a terapia es él. Sin embargo, no siempre es así.
En muchas ocasiones, el primer paso consiste en ofrecer un espacio a los padres para comprender mejor qué está ocurriendo, aprender nuevas formas de comunicarse y encontrar estrategias que favorezcan el vínculo sin aumentar la tensión en casa.
Esto no significa que los padres sean los responsables del problema, ni que el adolescente no esté sufriendo. Significa reconocer que la forma en que los adultos responden a esta etapa puede marcar una gran diferencia.
Acudir inicialmente a terapia como padres también evita que el adolescente sienta que «hay algo malo en él» o que es el único responsable del malestar familiar. En cambio, transmite un mensaje mucho más saludable: como familia podemos aprender nuevas maneras de entendernos y relacionarnos.
Cuando los padres cambian la forma de mirar, escuchar y acompañar a sus hijos, con frecuencia también cambia la dinámica familiar. Y, en muchos casos, ese cambio es el que facilita que el adolescente vuelva a sentirse comprendido y encuentre un espacio para acercarse de nuevo.
En terapia no siempre empezamos trabajando con quien parece tener el problema. A menudo empezamos por quienes tienen la capacidad de generar un cambio en la relación. Porque cuando los padres comprenden mejor el momento vital que está atravesando su hijo y aprenden nuevas formas de acompañarlo, muchas dificultades empiezan a transformarse sin necesidad de señalar al adolescente como «el paciente». A veces, el mejor regalo que unos padres pueden hacer a un hijo es empezar por ellos mismos.


