La vida parece estar en orden, pero algo dentro de ti sigue doliendo

No entiendo qué me pasa. En realidad, mi vida está bien.

Tienes trabajo. Tienes personas que te quieren. No estás atravesando ninguna crisis importante.

Y, sin embargo, estás cansada y te dices «Sé que debaría estar bien, pero no lo estoy»

Te cuesta disfrutar. Estás más irritable. Te emocionas con facilidad. Hay días en los que necesitas aislarte. A veces aparece ansiedad sin saber muy bien por qué.

Y cuanto más intentas encontrar una explicación, más culpable te sientes.

Porque, aparentemente, no tienes motivos para estar así.

Pero quizá estar bien por fuera no significa necesariamente que todo esté bien por dentro.

Cuando aprendemos a funcionar, pero no necesariamente a estar bien

Hay personas que han aprendido a seguir adelante pase lo que pase.

Son responsables. Cumplen. Trabajan. Cuidan de los demás. Resuelven problemas. Desde fuera, incluso pueden parecer personas muy fuertes, pero quizá esa fortaleza nació de la necesidad; de aprender muy pronto a no pedir; de no molestar; de hacerse cargo de los demás; de no mostrar determinadas emociones; de acostumbrarse a situaciones que no podían cambiar.

A veces lo que llamamos fortaleza también fue una forma de adaptación.

La capacidad de adaptación es extraordinária, aunque -a veces- hay que explorar cuándo una estrategia que fue útil en otro momento empieza a tener un coste en el presente.

 

Ya pasó. Entonces, ¿por qué sigo afectándome?

Aquí entraríamos en una cuestión muy frecuente en consulta.

La persona sabe que aquello terminó.

Sabe que su infancia quedó atrás.

Que aquella relación terminó.

Que ya no vive con aquellas personas.

Que aquella situación no volverá a repetirse.

Pero determinadas situaciones actuales siguen despertando respuestas emocionales muy intensas.

Y podrías explicar que superar algo no consiste necesariamente en dejar de recordarlo, sino en que aquello deje de organizar nuestra manera de sentir, reaccionar o relacionarnos en el presente.

No siempre sabemos que estamos sufriendo

Porque no siempre el sufrimiento aparece como tristeza evidente.

Puede aparecer como:

“Necesito tenerlo todo bajo control.”

“No sé descansar.”

“Me cuesta pedir ayuda.”

“Siempre estoy pendiente de los demás.”

“No sé qué necesito.”

“Me cuesta mucho decir que no.”

“Cuando alguien se enfada conmigo, me pongo fatal.”

“No entiendo por qué me afecta tanto lo que piensen de mí.”

Es decir, el malestar puede aparecer en la forma en que vivimos, no únicamente en lo que sentimos conscientemente.

Cuando comprender no es suficiente

Puedes entender perfectamente por qué te ocurre algo y seguir reaccionando de la misma manera.

Puedes decirte “ya no soy una niña”, “esa persona ya no está en mi vida” o “ahora estoy a salvo”.

Y, aun así, sentir miedo, culpa, necesidad de agradar, dificultad para poner límites o una tristeza que no sabes explicar.

Porque comprender intelectualmente una experiencia y haberla elaborado emocionalmente no son necesariamente lo mismo.

Nuestra historia no determina por completo quiénes somos, pero sí puede influir en la manera en que aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con lo que sentimos.

Quizá no necesites encontrar una razón que justifique por qué no estás bien.

Quizá necesites dejar de exigirte estar bien simplemente porque, desde fuera, parece que deberías estarlo.

Hay sufrimientos que no se ven.

Hay experiencias que aprendimos a soportar antes de poder comprenderlas.

Y hay formas de funcionar que durante mucho tiempo nos ayudaron a seguir adelante, pero que hoy pueden estar pidiéndonos algo diferente.

No se trata de cambiar quién eres. A veces se trata de comprender por qué aprendiste a ser así. Comprender para pasar a vivir desde el disfrute y la plenitud, dejando atrás el  sufrimiento innecesario.

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